26 mayo 2009

caso victor jara




¿Qué habrá pensado Víctor Jara cuando apenas, entre la penumbra de sus ojos hinchados de dolor y huesos machacados, pudo ver los rostros de jóvenes conscriptos descargando la furiosa munición?

Ráfagas interminables. 44 gruesas balas, disparadas por un pelotón de fusilamiento, acabaron por atravesar su cuerpo. Nadie supo quiénes eran ni quién los comandaba. Hasta hoy no tenían rostro.

Pasaron exactamente 35 años y 8 meses para que se comenzara a develar uno de los secretos mejor guardados de la dictadura: los autores del crimen de Víctor Jara, ocurrido el 15 de septiembre de 1973.

El viernes último, mientras medio Chile gozaba el día "sandwich" que dejó el feriado del 21 de mayo, dos personas fueron llevadas en horas de la tarde ante la presencia del ministro de fuero Juan Fuentes Belmar en el Palacio de Tribunales.

Ambos poseían dos cosas en común: para el golpe militar tenían 18 años y los dos cumplían servicio militar obligatorio.

Hasta ahora nadie conocía sus nombres, porque no pertenecían a ninguna de las dotaciones militares que se había chequeado y que participaron en las detenciones ilegales de alumnos y académicos de la Universidad Técnica del Estado (UTE) y en la custodia de los prisioneros en el Estadio Chile.

Tras varias horas de interrogatorio, José Adolfo Paredes Márquez (54) y Francisco Quiroz Quiroz (54) quedaron detenidos y el juez Fuentes Belmar ordenó que fueran trasladados hasta un recinto penitenciario.

Los libros de ingreso de detenidos de la entidad carcelaria registran la llegada de ambos a la Cárcel de Alta Seguridad (CAS), en calidad de incomunicados.

Como es una investigación que se instruye bajo el antiguo sistema procesal penal, el magistrado tiene plazo hasta hoy para resolver si los somete a proceso, en calidad de autores, cómplices o encubridores, o si los deja en libertad por falta de méritos.

Al detectar estos nombres en los libros de registros, con el rol de la causa por la muerte de Víctor Jara, La Nación indagó respecto a sus vinculaciones.

Algunas fuentes los ubicaron dentro del contingente militar que pertenecía a la Guarnición de Santiago, encargada de la seguridad de la capital tras el golpe de Estado.

Dentro de las mismas indagaciones, trascendió que existe una lista de no más de seis personas investigadas que son buscadas por la PDI.

Todos ellos estarían siendo investigados a partir de la identificación de los efectivos militares que escoltaron al entonces coronel Pedro Espinoza Bravo en su recorrido por Santiago, durante las horas en que ocurre el crimen del artista.

Uno de los detenidos estaría confeso de su participación en el fusilamiento del cantante y colaboró con la descripción del trágico episodio que terminó con la vida de Víctor Jara.

Hasta ahora, se identificó a un oficial que estuvo a cargo del destacamento.

Los detenidos han sido sometidos, en las últimas horas, a intensos careos para zanjar sus contradicciones respecto al grado de participación en el hecho.

investigación@lanacion.cl

Horas finales

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile.

De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle.

“Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”, recordó la hija de Víctor, Amanda Jara, en una entrevista con LND.

Ese día, Víctor salió de la casa rumbo a la UTE.

Las últimas horas de vida de Víctor Jara fueron relatadas por un pequeño grupo de prisioneros que estuvieron con él durante todo el tiempo que duró el cautiverio, al interior del improvisado campo de prisioneros.

Una vez que fue identificado por un soldado que custodiaba al grupo fue separado del grupo, brutalmente golpeado y sometido a largas sesiones de tortura.

Tras tres días en el lugar, llegó la orden de trasladar a todos los prisioneros al Estadio Nacional.

Cubierto de sangre y desfigurado por los hematomas, algunos de sus amigos lograron sacarlo del rincón donde estaba tirado. Lo limpiaron e intentaron disfrazar para que ya no fuera identificado.

Sin embargo, a pocos metros del camión que los llevaría al recinto de Ñuñoa, fue separado de la fila junto al director de Prisiones, Litre Quiroga, y otras tres personas.

Aquí comienza la laguna que se mantuvo durante estos 36 años. La actual indagación indica que los prisioneros segregados del grupo fueron llevados nuevamente al interior del Estadio Chile y fueron fusilados en ese lugar, uno a uno.

Constatadas sus muertes, fueron subidos a un camión y llevados a un costado del Cementerio Metropolitano, donde fueron arrojados semidesnudos.



El mito del Príncipe

Durante años se tejió el mito de que un personaje apodado “el Príncipe” era el responsable de la muerte de Víctor Jara. Los prisioneros lo apodaron de esa forma por sus ojos azules, su estatura, el pelo rubio y porque él también se autodenominada de esa forma. Un reportaje de la periodista Pascale Bonnefoy recuerda el testimonio de los prisioneros.

Era el único de los oficiales que no necesitaba usar micrófono: “¿Me escucha la cloaca marxista? ¿Me oyen los comemierda? ¡Ahora se acabaron los discursos, chuchas de su madre! Ahora van a tener que trabajar. Los que se nieguen a trabajar, los fusilaremos. ¿Me escuchan los vendepatria?... ¡Tengo voz de Príncipe!”, exclamaba.

El 23 de mayo de 2006, un grupo de personas subió hasta el piso 14 de la Superintendencia de AFP para gritarle en su cara que era un asesino. En su oficina de la calle Huérfanos con Teatinos, Edwin Dimter Bianchi -que en ese entonces se desempeñaba como jefe del departamento de control de instituciones- respondió agresivo la acusación de los manifestantes que habían llegado a “funarlo”.

La denuncia era clara: Dimter era, según los protestantes, “el asesino del Estadio Chile” y respondía a un alias: “el Príncipe”.

Dimter no es el único que ha sido sindicado como el sangriento oficial del estadio. El mito del Príncipe se vio acrecentado luego que se develara que el secuestro del coronel Carlos Carreño, ocurrido en septiembre de 1987, tenía como primer objetivo al coronel Gerardo Ramírez Chovar, que formaba parte de la escolta de Pinochet.

El Frente Patriótico Manuel Rodríguez, autor del plagio, sindicó al comandante como el autor del homicidio de Jara. La tesis hoy pone en duda la existencia de este personaje.

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